Disfrutaba viviendo en ese barrio. Mis amigos, mis rutinas, mis pequeños cigarros de vez en cuando, las mismas bromas, pero a la vez era eso. La misma gente de siempre con quien había crecido en los años fructíferos y gloriosos de la vida, esos en los que por fin crees que has encontrado tu camino, el que estabas buscando. El mismo descampado de siempre, los mismos temas de conversación, los mismos lugares a los que acudir. La vida se empezó a volver monótona. He de reconocer que ellas 2, él, y alguno más en muy escasas ocasiones hacían que me sintiese feliz, enormemente feliz. Pero había algo que no me convencía.
Las peleas se hicieron constantes, a esas edades, entre los 16 y 23 era normal que se discutiera. Se convirtió en ocasiones en un todos contra todos, quien no corría volaba en eso del arte de criticar al personal por delante y por detrás.
Recuerdo aquella época como una de las más especiales de mi vida, si no la que más. Más de una vez lo he dicho. Disfrutaba y sonreía a la vida con aquellas a quienes consideraba mis amigas, y alguna en especial, mi hermana. Pero nadie estaba exento de pactos extraños si se consideraban más beneficios que tu compañía. Por eso, supongo, que me duele tanto que aquellos locos, como nos autodenominábamos, se separaran tan de repente. No quedan ni siquiera las cenizas de todo lo que fueron juntos, de los grandes en nuestra pequeña familia que fuimos. Me duele hablar de la época, querer hacer imposibles por volver a lo de siempre, y ver que ha pasado el tiempo, hemos vivido cosas muy diferentes, hemos tomado caminos opuestos, algunos demasiado largos, como para volver a nuestra particular locura. Aunque no con todos se han roto esos lazos.
Necesitaba salir del barrio, pero no que toda mi gente saliera de mi vida. Lo que hicimos es muy sencillo, agarrar en nuestras vidas a quien nunca quisimos perder y aferrarse a recuperar lo que nunca debimos perder. Por eso creo que la vida, en aquel barrio, pasaba lentamente.
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